La verdad sobre la insulina

Asclepio, Esculapio para los romanos, frente a la muerte. Relieve en la fachada de la sede de los Servicios de Salud y Bienestar del Condado de Fulton
Asclepio, Esculapio para los romanos, frente a la muerte. Relieve en la fachada de la sede de los Servicios de Salud y Bienestar del Condado de Fulton

Josep Pàmies publicó en su blog el 18 de agosto de 2015 una nota titulada: “El negocio criminal de las insulinas”. Esta nota se abría con la siguiente afirmación:

“Las insulinas modificadas genéticamente pueden provocar aumento de cáncer de colon, recto y de mama según se desprende de varios estudios recogidos por la revista SIETES del Instituto de Farmacología de Catalunya”.

Las afirmaciones irresponsables de Josep Pàmies publicadas en su web el 18 de agosto de 2015
Las afirmaciones irresponsables de Josep Pàmies publicadas en su web el 18 de agosto de 2015

¿Es correcta esta contundente aseveración? No, no lo es.

No sólo es falsa sino que ni siquiera tiene sentido. Intentaré explicar a continuación por qué.

Para empezar “insulinas modificadas genéticamente” es un término confuso, como mínimo. La insulina es una molécula, no un organismo con genes susceptibles de ser modificados. Quizá se refiera a insulinas obtenidas mediante la modificación de los genes de organismos vivos microscópicos, o quizá a los análogos de la insulina que se obtienen modificando ligeramente la molécula de la insulina humana. Mi opinión personal es que en realidad Pàmies no sabe de lo que habla y utiliza un término vago cuyo objetivo no es designar algo concreto sino simple y llanamente asustar a la gente. Me he formado esta opinión después de leer los estudios a los que alude Pàmies y ver que de ellos no se desprenden las conclusiones que dice Pàmies que se desprenden.

En realidad, los estudios comparan varios grupos de diabéticos que utilizan cada uno de ellos diferentes tipos de insulina, todas ellas obtenidas mediante ingeniería genética. Para poder deducir que estas insulinas causan cáncer se tendrían que haber comparado los resultados con los de otro grupo de diabéticos que hubiera utilizado insulinas de otro tipo, en concreto insulinas de origen animal, porque son la única opción que queda si descartamos las obtenidas mediante ingeniería genética, pero no había ningún grupo así, en ninguno de los estudios.

Por lo tanto, decir que de estos estudios se desprende que “las insulinas modificadas genéticamente pueden provocar aumento de cáncer” no tiene sentido porque en ningún momento se ha comparado con un grupo que no utilice “las insulinas modificadas genéticamente”.

Si los autores de los estudios leyeran la nota de Pàmies, probablemente se llevarían las manos a la cabeza, asombrados y, seguramente, entristecidos al ver cómo se manipula su trabajo para sembrar el pánico entre la gente.

¿Alguien ha dicho “Pàmies”?
¿Alguien ha dicho “Pàmies”?

¿De dónde viene todo este desvarío? ¿Qué es lo que dicen realmente esos estudios?

Vayamos por partes.

Lo primero que hay que matizar es que SIETES no es una revista. SIETES es el acrónimo de Sistema de Información Esencial en Terapéutica y Salud y, como su propio nombre indica (y como ellos mismos dejan claro en su web), se trata de un sitio donde el usuario puede encontrar información sobre fármacos y su aplicación terapéutica pero, ¡cuidado!, no es una web divulgativa sino que está dirigida a profesionales de la salud o personas con formación técnica especializada.

Por supuesto, la información que publican y comentan está a disposición de cualquiera que desee leerla, pero convertir esa información en conocimiento no es tarea sencilla porque hay que tener una formación adecuada para saber interpretar lo que se lee, no vale sacar conclusiones precipitadas.

La información publicada en SIETES está organizada en citas, donde se comentan artículos publicados en revistas especializadas, y al final de cada cita el propio personal de SIETES suele resumir en una serie de conclusiones lo que se sabe del tema comentado. En concreto, tres de las conclusiones de la cita donde se recogen y comentan los estudios a los que alude Pàmies, con Ref. ID 86102, son las siguientes:

(…)

13) No hay pruebas de que la insulina en cualquiera de sus formulaciones cause cáncer.

14) No hay pruebas de un incremento global de la incidencia de cáncer asociado a la insulina glargina.

15) No hay pruebas de este efecto indeseado en la diabetes de tipo1, ni en relación con el cáncer de mama premenopáusico.

(…)

Es decir, Pàmies enlaza a un contenido que contradice lo que él mismo está afirmando.

No es la primera vez que le ocurre: hace unos meses, en plena crisis del ébola, enlazó un artículo en el que, según él, se sostenía que habían descubierto una planta que curaba el ébola cuando en realidad lo que se decía es que había un doctor africano que estaba investigando las posibilidades terapéuticas de dicha planta en la lucha contra el ébola. Con la superación de la crisis del ébola y la aparición de los primeros tratamientos que parecen ser eficaces contra esta temible enfermedad, el tema ha dejado de ser mediático y Pàmies, a falta de una epidemia de zombis, ha tenido que recurrir a trapos viejos para llamar la atención de la gente.

Digo “trapos viejos” porque los estudios a los que alude Pàmies fueron publicados hace ya seis años, en el año 2009. Todo empezó cuando en en el año 2008 se envió para su publicación en la revista Diabetologia un estudio realizado en Alemania (Hemkens et al.) en el cual parecía haberse detectado un incremento en el diagnóstico de cáncer entre los pacientes tratados con insulina glargina (comercializada con el nombre de LANTUS) en comparación con pacientes tratados con otros tipos de insulina (todos obtenidos mediante ingeniería genética). La insulina glargina es un análogo de la insulina humana, uno de los varios que existen en el mercado. Otro es la insulina lispro (HUMALOG).

Inyector de insulina Glargina (habitualmente, a los inyectores de insulina actuales se les llama “plumas” o “bolis” porque se cierran con un capuchón con pinza y se pueden llevar en el bolsillo de la camisa como si se tratara de un boli o una pluma). Imagen: Víctor Guisado Muñoz
Inyector de insulina Glargina (habitualmente, a los inyectores de insulina actuales se les llama “plumas” o “bolis” porque se cierran con un capuchón con pinza y se pueden llevar en el bolsillo de la camisa como si se tratara de un boli o una pluma). Imagen: Víctor Guisado Muñoz
Inyector de insulina Lantus (Glargina) sin el capuchón. Imagen: Víctor Guisado Muñoz
Inyector de insulina Lantus (Glargina) sin el capuchón. Imagen: Víctor Guisado Muñoz
Inyector de insulina Humalog (Lispro). Imagen: Víctor Guisado Muñoz.
Inyector de insulina Humalog (Lispro). Imagen: Víctor Guisado Muñoz.

Los análogos de la insulina son moléculas que realizan la misma función que la insulina pero que han sufrido cambios pequeñísimos en su composición o estructura con el objetivo de que adquieran propiedades interesantes como, por ejemplo, que se absorban más rápidamente o más lentamente. Este estudio estuvo a punto de no ser publicado porque tres de los seis revisores consideraron que tenía deficiencias importantes; sin embargo, la revista donde se iba a publicar consideró que también tenía puntos fuertes (el número de pacientes sobre el que se había realizado era muy grande, por ejemplo) y encargó otros dos estudios a partir de bases de datos nacionales de Suecia y Escocia para ver si confirmaban, o no, los resultados del primero.

Estos tres estudios, junto con otro realizado a partir de la base de datos THIN (The Health Improvement Network, en Reino Unido) fueron publicados conjuntamente en el año 2009.

¿Cuáles eran los resultados de estos cuatro estudios? Los siguientes:

  •  El estudio original alemán se realizó sobre 127000 pacientes, la mayoría diabéticos de tipo 2 y con una edad media que rondaba casi los setenta años. En el grupo de pacientes tratados con glargina se detectó, de hecho, un menor número de diagnósticos de cáncer respecto a los grupos tratados con otras insulinas. Sin embargo, al dividir este grupo en sub-grupos según la dosis de insulina, los autores detectaron un aumento de diagnósticos de cáncer respecto a los sub-grupos correspondientes a los otros tipos de insulina. A partir de aquí, dedujeron que la probabilidad de diagnóstico de cáncer entre los pacientes tratados sólo con insulina glargina era mayor que la que tenían pacientes tratados con otras insulinas (todas ellas obtenidas mediante ingeniería genética). Que esta división en sub-grupos sea un tratamiento correcto de los datos es opinable, tal como comentaremos más adelante, y las conclusiones que se extraen a partir de ella, por lo tanto, son dudosas. Tampoco se facilitaba información sobre los tipos de cáncer diagnosticados. El estudio se puede consultar en:http://www.ncbi.nlm.nih.gov/pmc/articles/PMC2723679/.
  •  El estudio escocés parecía detectar un incremento en el diagnóstico de casos de cáncer en pacientes tratados únicamente con glargina, sin embargo, esta incidencia desaparecía cuando se trataba con glargina en combinación con otras insulinas. Las pruebas de una mayor incidencia de cáncer eran tan débiles que los propios autores lo achacaban a sesgos en el tratamiento estadístico de los datos (“Given the overall data, we consider the excess of cases of all cancers and breast cancer in the subgroup of insulin glargine only users to more likely reflect allocation bias rather than an effect of insulin glargine itself.”), y concluían que el uso de la insulina Glargina no podía asociarse a un mayor riesgo de cáncer en el periodo de tiempo analizado (“Overall, insulin glargine use was not associated with an increased risk of all cancers or site-specific cancers in Scotland over a 4 year time frame”). Se puede consultar en:http://www.ncbi.nlm.nih.gov/pubmed/19603149)
  • El estudio sueco parecía detectar un incremento en la incidencia de cáncer de mama entre mujeres tratadas con insulina glargina en comparación con mujeres que utilizaban otros tipos de insulina, pero los propios autores reconocían que estos resultados podían deberse a fluctuaciones aleatorias debido a las limitaciones del estudio (“This result may be due to a random fluctuation; (…)”) y que no se podían sacar conclusiones definitivas (“No definitive conclusions regarding a possible causal relationship between insulin glargine use and the occurrence of malignancies can be drawn from the results of this study.”, http://www.ncbi.nlm.nih.gov/pubmed/19588120)
  • El estudio realizado en el Reino Unido no observó asociación alguna entre el uso de la insulina glargina, ni de ningún otro tipo, con el incremento en diagnóstico de cáncer. Probablemente, era el estudio en el que los pacientes estaban mejor clasificados, pero su número era el más bajo de todos los estudios llevados a cabo. (http://www.ncbi.nlm.nih.gov/pmc/articles/PMC2723677/)

La publicación de estos estudios, como cabía esperar, causó cierto revuelo porque las inyecciones de insulina eran, y son, un tratamiento imprescindible para millones de personas en todo el mundo.

¿Se había demostrado, con estos estudios, que un tipo concreto de insulina obtenida mediante ingeniería genética y que utilizan millones de diabéticos en el mundo provoca cáncer?

Hay que decirlo claro: NO.

Ninguno de los autores de estos estudios tenía semejantes pretensiones.

Eran perfectamente conscientes, y así lo reflejan en sus respectivos artículos, y cualquiera puede leerlo si se toma la molestia, que los estudios publicados tenían lagunas y presentaban resultados contradictorios, y a pesar de que cada uno de ellos tenía algunos puntos fuertes también tenían puntos débiles que impedían extraer conclusiones seguras, definitivas.

Afirmaciones contundentes requieren pruebas contundentes, y las pruebas contundentes brillaban por su ausencia.

Las insulinas obtenidas mediante ingeniería genética se habían estado utilizando desde los años ochenta del pasado siglo y los análogos de la insulina desde los años noventa, la glargina desde el año 2000 (aprox.) y no se había detectado nunca una mayor incidencia de diagnóstico de cáncer que pudiera ser atribuido a ellos. Así que lo que dictaba no sólo la lógica y la prudencia sino la simple fidelidad a la verdad a la que cualquier ser humano se debe, sobre todo cuando habla en un foro público y trata temas tan delicados como estos, era no sacar conclusiones precipitadas y dejar que los especialistas valoraran cuál podía ser el mejor tratamiento para cada uno de sus pacientes en particular hasta que resultados de estudios posteriores despejaran todas las dudas que pudiera haber. Es cierto que el tema era serio y había que investigarlo con más detenimiento, pero es que, precisamente, eso es justo lo que se hizo.

Durante los años siguientes, se publicaron numerosos estudios al respecto. También se publicó una nota en la que se criticaba duramente el primer estudio. Pàmies no menciona en ningún momento este debate. Se limita a aludir a los resultados de los tres primeros estudios, a tergiversar sus conclusiones y a presentarlas como si fueran conclusiones firmes más allá de toda duda, cosa que ni siquiera los propios autores pretenden. Por si fuera poco, habla de la diabetes como si fuera una única enfermedad y de la insulina como si sólo hubiera un tipo de insulina, cuando en realidad todo es mucho más complejo. Para empezar, los estudios se hicieron con pacientes que sufrían, en la mayoría de casos, diabetes de tipo 2, y sólo generaron sospechas sobre la insulina glargina. Estos matices, tan importantes, no sólo no aparecen en la nota de Pàmies sino que tal como está redactada se da a entender que no existen.

Es decir, Pàmies hace lo que hacen muchos que quieren revestir su ideología, sus creencias o sus intereses con la respetabilidad, universalidad y solidez que sólo otorga la Ciencia: simplifican un tema hasta convertirlo en una caricatura irreconocible y luego escogen y tergiversan los artículos que refuerzan sus creencias y desprecian todos los demás (que suelen ser abrumadora mayoría).

Al mismo tiempo, en todo lo que no les interesa, porque no refuerza sus creencias e ideas preconcebidas, se dedican a menospreciar a la Ciencia, y no sólo a la Ciencia como idea sino a todos los profesionales que trabajan cada día intentando hacer buena ciencia, al acusarles, en general, de estar vendidos a las multinacionales.

La crítica al primer estudio, y a los otros dos, se puede ver aquí:

http://www.liebertpub.com/mcontent/files/dia_2009_1705_Garg_3P.pdf

Su título es: Insulin Glargine and Cancer—An Unsubstantiated Allegation (Satish K. Garg, M.D., Irl B. Hirsch, M.D., and Jay S. Skyler, M.D.), y en ella podemos leer:

“Furthermore, in the German study, for all cancers, when insulin glargine is compared to human insulin the unadjusted hazard ratio (HR) is 0.85 (95% confidence interval [CI], 0.79– 0.93), indicating a significant 15% decrease in cancer with insulin glargine. A similar outcome is seen when adjusted for age and gender, namely, an HR of 0.86 (95% CI, 0.79–0.94). And, a similar finding was seen for all-cause mortality: an HR of 0.68 (95% CI, 0.65, 0.72). All of these HRs are statistically significant. An increased cancer risk for insulin glargine is only evident if there is further adjustment for dose of insulin. However, for that to be a valid adjustment, the subjects should have been classified by dose group when enrolled; instead, the investigators calculated an average dose over the duration of exposure.”

Es decir:

“Además, en el estudio alemán, para todos los cáncer, cuando la insulina glargina se compara con la insulina humana la tasa de riesgo (HR) no ajustado es 0.85 (…), lo que indica una significativa disminución del 15% de cáncer con insulina glargina. Un resultado similar se aprecia cuando se ajusta por edad y sexo, a saber, un HR de 0.86 (…). Se aprecia un resultado semejante para todas las causas de mortalidad: un HR de 0.68 (…). Todas estas tasas de riesgo (HR) son estadísticamente significativas. Sólo se pone de relevancia un riesgo más elevado de cáncer para la insulina glargina si hay ajustes adicionales por dosis de insulina. Sin embargo, para que sea un ajuste válido, los sujetos deberían haber sido clasificados por grupos de dosis al ser incluidos en el estudio; en lugar de eso, los investigadores calcularon una dosis media a lo largo del tiempo de exposición.”

Pondré un ejemplo para intentar clarificar, en líneas generales, el significado de este texto. Supongamos dos grupos de pacientes. El primero está formado por mil diabéticos tratados con glargina. El segundo, por 2800 diabéticos tratados con insulina humana. Ambas insulinas son fruto de la ingeniería genética pero, al cabo de unos años, se observa que en el grupo tratado con glargina ha habido 40 diagnósticos de cáncer y en el otro ha habido 403 (pongo estos números simplemente a modo de ejemplo). La tasa de riesgo (HR) sería:

HR = (40/1000) / (403/2800) = 0,278

El hecho de que sea menor que 1 se puede interpretar como que un paciente tratado con glargina tiene una probabilidad de diagnóstico de cáncer menor que la que tiene un paciente tratado con la otra insulina. Ahora supongamos que decidimos dividir cada uno de los dos grupos en tres sub-grupos, según la dosis que cada paciente se inyecta cada día (por ejemplo, los que se inyectan hasta 20 unidades al día, los que se inyectan de 21 a 40 y los que se inyectan más de 40). Podría ocurrir, que los grupos quedaran organizados de la siguiente manera:

insulina2Como se puede observar en este ejemplo, el HR de cada sub-grupo es mayor para Glargina que para humana, a pesar de tener Glargina un HR menor globalmente. Esto fue lo que les pasó a los autores del estudio alemán (Hemkens et al.) y fue lo que hizo saltar las alarmas, pero en realidad, tal y como se explica en la crítica citada anteriormente, para que tal procedimiento fuera relevante el estudio tendría que haber estado planteado de otra manera desde el principio. Al no estarlo y realizar esta división por sub-grupos se está abriendo la puerta a fluctuaciones y sesgos importantes que acaban convirtiendo los resultados en dudosos, si no directamente en papel mojado. Tal y como se ha comentado antes, las pruebas contra Glargina eran muy débiles, y lo que se hizo fue lo que se tenía que hacer: investigar el asunto con más detenimiento.

Una lista no exhaustiva de estudios publicados a lo largo de los años siguientes podría ser la siguiente, a modo de ejemplo:

http://care.diabetesjournals.org/content/early/2011/07/13/dc11-0699.short

http://link.springer.com/article/10.1007/s00125-011-2312-4

http://www.breast-cancer-research.com/content/17/1/100

(Para quienes estén interesados: en el abstract de cada uno de los estudios también se mencionan las conclusiones, no hace falta leerse el artículo entero para hacerse una idea)

¿Y cuál fue el resultado de todas estas investigaciones?

Ahora estamos en el año 2015, han pasado unos seis años y hay que preguntarse cómo ha evolucionado el tema y, en especial, si hay ya conclusión en firme al respecto.

Resulta que la respuesta es que sí, la hay. Se llegó a ella ya en el año 2013 y es la siguiente:

“Basándose en la evaluación de estos estudios, el CHMP ha concluido que, en general, los datos NO indican un aumento del riesgo de cáncer con insulina glargina, señalando que no existe un mecanismo conocido por el que la insulina glargina pudiera causar cáncer y que el riesgo de cáncer no se ha visto en estudios de laboratorio”

Tal y como se puede leer en: http://www.hemosleido.es/2013/06/07/nuevos-datos-aclaran-la-relacion-entre-insulina-glargina-y-desarrollo-de-cancer/

CHMP es el acrónimo de Committee for Medicinal Products for Human Use y las líneas citadas están extraídas de una nota de la EMA (European Medicines Agency) publicada en 2013 y que se puede consultar íntegramente a través del siguiente enlace:

http://www.ema.europa.eu/docs/en_GB/document_library/Medicine_QA/2013/05/WC500143823.pdf

Lamentablemente, la nota de la EMA no contiene bibliografía, por lo que no puedo dejar enlaces a los estudios que cita. Pero no pasa nada: aquí hay más estudios que llegan a las mismas conclusiones:

– El primero es un meta-análisis de 11 estudios publicado en PLoS One en el año 2012 (Tang et al.) y en el que los autores llegan a la conclusión de que no hay pruebas que sostengan la relación entre insulina Glargina y cáncer. Se puede consultar en:http://www.ncbi.nlm.nih.gov/pubmed/23284776

– En el segundo, los autores (Lind M. et al.) no detectan aumento alguno en el riesgo de padecer cáncer de mama por exposición a insulina Glargina. Sí detectan una disminución en el riesgo de padecer cáncer de próstata. Se puede consultar en:http://www.ncbi.nlm.nih.gov/pubmed/22056422

Finalmente, citaré aquí un artículo publicado en http://www.diapedia.org el 13 de agosto de 2014, es decir, un año antes de que Pàmies escribiera en su blog sus frases sin sentido en contra de la insulina obtenida mediante ingeniería genética. Este artículo publicado en Diapedia es una revisión exhaustiva de todos los estudios hechos hasta la fecha y de todo lo que se sabe sobre la insulina Glargina, y las conclusiones son claras, contundentes y no dejan lugar a dudas. Los estudios de laboratorio in vivo e in vitro no muestran efecto carcinogénico alguno, y los estudios clínicos realizados en Europa y Estados Unidos no detectan aumento alguno en el riesgo de cáncer. Cito:

“The clinical epidemiology programme concluded that the use of insulin glargine was not associated with an increased risk of breast cancer in women, prostate cancer in man, and colorectal cancer in men and women.”

El artículo se puede consultar, junto con su abundante bibliografía, a través del siguiente enlace: http://www.diapedia.org/associated-disorders/the-insulin-glargine-story

Recomiendo encarecidamente su lectura. Si quieren leer sólo un artículo de todos los que cito, lean éste. Está en inglés y lleno de referencias técnicas pero vale la pena el esfuerzo, no sólo para despejar cualquier duda sino también para comprender que el rigor con el que tratan científicos y autoridades sanitarias estos temas, sin poder ofrecer certezas absolutas, es incomparablemente más confiable que las afirmaciones infundadas y explosivas de Pàmies, quien si realmente hubiera querido ayudar con este tema se habría informado de cuál había sido su evolución antes de hablar, en lugar de citar y tergiversar estudios anticuados.

Detalle del inyector de Lantus (Glargina). imagen: Víctor Guisado Muñoz
Detalle del inyector de Lantus (Glargina). imagen: Víctor Guisado Muñoz
Detalle del inyector de insulina Humalog (Lispro). Imagen: Víctor Guisado Muñoz
Detalle del inyector de insulina Humalog (Lispro). Imagen: Víctor Guisado Muñoz

¿Por qué se ha tardado años en llegar a una conclusión en firme? En general, realizar estudios en el laboratorio, en condiciones controladas, es difícil, pero realizarlos fuera del laboratorio es una pesadilla. En el laboratorio, el sistema que queremos estudiar está aislado y controlado; fuera, está en continua interacción con otros sistemas; estas interacciones pueden producir efectos previsibles y calculables o también pueden no tener efecto alguno. Pero también pueden modificar totalmente los resultados observados en laboratorio.

Por si fuera poco, cuando tenemos muchos sistemas en laboratorio, o repetimos muchas veces el mismo experimento bajo condiciones controladas, podemos asegurar con cierto grado de confianza que todos los sistemas son iguales. Pero en un entorno real, con sistemas biológicos extremadamente complejos, ¿quién nos asegura que todos los pacientes sean iguales? Por ejemplo, en los estudios a los que se alude en este escrito, siempre se compara un grupo de personas que utiliza Glargina con otro grupo que utiliza otro tipo de insulina.

¿Cómo podemos estar seguros que la única diferencia relevante entre los dos grupos es la insulina que utilizan? Es más, ¿cómo podemos estar seguros de que los pacientes que utilizan Glargina son iguales, o equivalentes, entre ellos? Lo cierto es que no lo son, cada uno tiene unas circunstancias personales y una genética y un metabolismo exclusivos, que aunque a grandes rasgos puedan ser iguales, humanos todos ellos, a nivel personal pueden mostrar particularidades importantes para el resultado del experimento. No hay forma de estar seguro de que estas circunstancias y particularidades no influirán decisivamente en los resultados. Precisamente por este motivo se intenta trabajar con cuantos más pacientes mejor, con la esperanza de construir, gracias al número, una especie de paciente medio en el que las particularidades de cada uno de ellos hayan quedado desdibujadas. Para poder sacar conclusiones de este tipo de estudios hay que ser muy cuidadoso en el tratamiento matemático de los datos y muy conscientes de las limitaciones de la estadística.

Y por este motivo se repiten una y otra vez, en diferentes entornos y por diferentes equipos de investigadores. Por ejemplo, se sabe desde hace tiempo que la diabetes de tipo 2 predispone a padecer ciertos tipos de cáncer (en el caso de la de tipo 1 no está tan claro que lleve asociado un mayor riesgo de cáncer), y uno de los detalles que sorprenden más del estudio alemán es que no proporcione datos de qué nivel de hemoglobina glicosilada tenía cada grupo de pacientes. Este es un parámetro importante a la hora de calcular la probabilidad de que el paciente sufra complicaciones debidas a la diabetes (cáncer entre otras). Un nivel de hemoglobina glicosilada más alto implica mayor probabilidad de padecer complicaciones debidas a la diabetes.

Si el paciente acaba padeciendo cáncer, ¿cómo discernir si ha sido debido a la diabetes o al tratamiento? No es sencillo. ¿Y si en los sub-grupos de Glargina había una hemoglobina glicosilada media más alta que en los sub-grupos de no glargina? Para eliminar esta variable, debería haber una distribución homogénea de hemoglobinas glicosiladas en todos los grupos. Podemos suponer que así era, pero no deja de ser una suposición porque los autores no aportaron datos al respecto.

Un niño enfermo en el templo de Esculapio, de John William Waterhouse, 1877 Imagen: Wikipedia Commons
Un niño enfermo en el templo de Esculapio, de John William Waterhouse, 1877. Imagen: Wikipedia Commons

¿Puede que al final haya algún efecto que aún no se conozca? La Ciencia, y menos en cuestiones biológicas o médicas, no proporciona certezas absolutas. Llegados a este punto, sin embargo, no hay que perder de vista cuál es el principal efecto de la insulina obtenida artificialmente: aumentar la esperanza y calidad de vida de los diabéticos, sin los problemas asociados a las insulinas de origen animal. Esto es un hecho objetivo, no está sujeto a discusión. Inyectar insulina animal para tratar la diabetes significaba introducir una proteína no-humana en el cuerpo del paciente, y esto implica unos riesgos (alergias).

Cuando no se disponía de insulinas humanas (sintetizadas mediante ingeniería genética), los beneficios de las insulinas de origen animal superaban con creces sus riesgos, pero desde que se dispone de insulinas humanas y sus análogos no tenemos por qué asumir los riesgos de las insulinas animales, ni su elevado coste. Antes de los tratamientos con insulina exógena, la esperanza de vida de un diabético de tipo 1 era de uno o dos años en el mejor de los casos, la mayoría morían poco después de habérseles diagnosticado la enfermedad. Ignoro cuál sería la esperanza de vida de los pacientes de diabetes tipo 2 antes del desarrollo de los tratamientos modernos, pero unos niveles de glucosa en sangre elevados implican un malestar y unas complicaciones de salud terribles, y estoy seguro de que, lamentablemente, su calidad de vida se degradaba rápidamente, en la inmensa mayoría de los casos.

Desde los primeros tratamientos con insulina, la calidad de la insulina no ha hecho más que mejorar, y hoy en día diabéticos de tipo 1 y de tipo 2 utilizan Glargina desde hace años en todo el mundo sin que se haya detectado ningún problema derivado de su uso. En el improbabilísimo caso de que tuviera un efecto en el desarrollo de tumores en los pacientes de diabetes tipo 2 (los datos actuales apuntan a que no lo tiene) sería muy débil, y descubrirlo costará mucho trabajo. Sería como intentar ver las estrellas a plena luz del día: la luz del Sol oculta los débiles destellos del resto de soles de la Vía Láctea (Venus y Júpiter son planetas, no invalidan el ejemplo). En este tema pasa algo parecido: hay factores mucho más importantes asociados a riesgo de cáncer (obesidad, por ejemplo), y son estos factores los que deberían llamar nuestra atención y habría que corregir primero.

Teddy Ryder antes de la terapia con insulina, en 1922, y un año después, en 1923. Credito imagen
Teddy Ryder antes de la terapia con insulina, en 1922, y un año después, en 1923. Credito imagen
Teddy Ryder (1910-1993)
Teddy Ryder (1910-1993)

Lo que propone Pàmies en su nota, regresar a las insulinas animales, no tiene sentido. Y respecto a tratar a los pacientes con una planta que supuestamente tiene propiedades hipoglucemiantes es directamente ilegal (el uso de esta planta no está autorizado en la Unión Europea), además de temerario.

Treinta años atrás, al darme de alta en el hospital, después de debutar como diabético y pasar unos días internado hasta que los médicos consiguieron estabilizarme, una de las últimas cosas que me advirtieron fue precisamente ésta: “Estamos cansados de atender a pacientes con hipoglucemias severas en urgencias por culpa de plantas con efectos hipoglucemiantes”, fueron las palabras de la primera doctora que me trató la diabetes, en el Hospital de Granollers, al despedirme.

Yo tenía 12 años, y aún no se me ha olvidado.

Cuando tomas una infusión de la planta que ofrece Pàmies, o de cualquier otra, o comes sus hojas en ensalada, o sea lo que sea que hagas para ingerir el principio activo, no tienes forma de saber cuánto principio activo estás tomando. En general, las plantas producen cantidades variables del principio activo que nos interesa en función de las circunstancias en las que se han desarrollado. Cuando tomamos una infusión de té, tila o manzanilla esto probablemente no tenga mucha importancia, pero sí que la tiene si lo que queremos es tratar una enfermedad.

Y en el caso concreto de la diabetes, y de otras enfermedades, si el enfermo no tiene la certeza de cuánto principio activo está ingiriendo, está jugando a la ruleta rusa. Además, junto con el (supuesto) principio activo estará ingiriendo otras muchas substancias químicas que pueden tener efectos secundarios no deseados. La certeza de estar ingiriendo el principio activo correcto y en la cantidad correcta sólo la puede dar un laboratorio profesional, nos guste o no.

El tema de la planta que ofrece Pàmies para tratar la diabetes ha sido tratado en más profundidad por otros divulgadores de la Ciencia en artículos como los que se citan a continuación:

http://www.losproductosnaturales.com/2011/02/el-timo-de-la-stevia-rebaudiana.html

http://dimetilsulfuro.es/2015/05/05/es-tan-buena-la-stevia/

https://cmans.wordpress.com/2012/07/17/un-nou-additiu-e-960/ (en catalán)

Para acabar, reitero lo dicho unas líneas más arriba: si Pàmies quisiera realmente ayudar, antes de hablar se habría informado bien de cuál era el estado de la cuestión. En lugar de informarse, escogió aquellos estudios que parecían respaldar su punto de vista y los tergiversó hasta lo grotesco. Sus escritos son meros panfletos propagandísticos sin ninguna base, útiles sólo para propagar el miedo y la ignorancia.

Espero que este escrito sirva para ofrecer más elementos de juicio a las personas que se puedan sentir indefensas ante la contundencia de Pàmies, y otros. No permitan que nadie administre su miedo. Como decía Peter O’toole en una de las escenas más famosas de Lawrence de Arabia: “Mi miedo es cosa mía”.

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